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La insoportable levedad del ser... Millennial

sábado, 14 de noviembre de 2020



Los inicios siempre son complicados.

Ahora mismo me encuentro iniciando algo que probablemente tenía en mente hace mucho tiempo, pero que nunca creí llevar a cabo.

En una noche otoñal, el ocio y la angustia por el futuro me sumieron en una lucha interna, cuando de pronto las palabras "iniciar un blog" cruzaron por mi mente. Después de unos cuantos tutoriales en YouTube, un par de cigarrillos y analizar la situación detenidamente me atreví a hacerlo. 

¿Mi objetivo? Podría definirlo en dos palabras: compartir cosas. Específicamente, me gustaría compartir experiencias, opiniones, ideas, la poca o mucha información útil y práctica para la vida real (como cambiar un fusible o realizar tu declaración de impuestos).

Es más que obvio que en cualquier lugar del mundo a lo largo de la historia convertirse en un adulto es más que difícil. Un día despiertas y te das cuenta que debes trabajar para darte el lujo de un plato de comida y un techo donde dormir ya que todo lo demás son gastos extra. Sin embargo, puede ser que en ocasiones te preguntes cómo has llegado a donde estás o si realmente ese es el camino que querías tomar.

En la actualidad, las crisis económicas y globales (como la pandemia generada por Covid-19), la sobrepoblación y el deterioro ambiental, los conflictos entre países y gobiernos, entre otras tantas razones enlistadas infinitamente, pueden hacernos pensar que ser un adulto joven en el siglo XXI se torna una situación bastante complicada. Y sí, yo también me he sentido así: desilusionada, con miedo y en ocasiones frustrada y desesperada.

A veces quisiera regresar a aquellos viejos tiempos a finales de los noventa, donde solo nos importaba ver caricaturas, conquistar las calles con nuestra bicicleta Apache o Benotto, jugar a las "escondidas" o a "las traes", o simplemente reír a carcajadas en compañía de nuestros amigos de la cuadra a quienes hacía un par de horas acabábamos de despedir en la escuela. Donde nuestra mayor preocupación era haber olvidado la cartulina blanca; ¿el mayor miedo? que tus padres vieran el recado por "platicar en clase" en tu cuaderno y la tristeza era eso que sentías los domingos a las 6 de la tarde en casa de tus abuelos cuando aceptabas la idea de que el fin de semana había llegado a su fin.

La mayoría de nosotros los millennials nacimos entre los ochentas y noventas, siendo apenas unos niños o adolescentes ante el cambio de milenio y vivimos un corta pero agradable época dorada donde tuvimos lo mejor de dos mundos: el desarrollo de bastante tecnología para entretenernos, pero no la suficiente para limitar nuestra creatividad a la hora de salir con amigos o divertirnos con nuestros juguetes favoritos.

Sin embargo, esas son las mismas razones por las que somos señalados y juzgados. Por un lado, los más jóvenes se sorprenden de que la mayoría de nosotros crecimos sin WiFi y que nuestro pasatiempo era jugar Snake en el celular de nuestros padres (los que tenían), y por otro, las generaciones previas a la nuestra nos tachan de débiles, inmaduros, narcisistas, libertinos y despreocupados (en su concepto, todos puntos negativos). ¿Porqué somos así? Porque ellos nos criaron así. No me malinterpreten, me refiero a que prácticamente somos la primera generación a la cual les permitieron ser y comportarse como niños. 

Nuestros padres se desenvolvieron en un ambiente totalmente diferente: empezaron a trabajar a corta, edad, algunos siendo apenas unos niños, seguramente nuestros abuelos les imponían mayores responsabilidades y, en la mayoría de los casos, se casaron extremadamente jóvenes ¡algunos apenas cumpliendo los veinte! A los treinta ya tenían auto y casa propios y al menos dos o tres hijos que criar. Mientras que nosotros apenas podemos mantenernos, ya sea solteros o con familia. Y no hablemos de trabajo, porque las probabilidades de un trabajo estable con un sueldo medianamente decente eran altísimas, a diferencia de nosotros que entramos a un campo laboral competitivo (por muy preparado que estés), salarios y prestaciones mínimos e incluso ausencia de un contrato formal o pensión para la vejez.

No pretendo victimizarnos ni mucho menos mostrar resentimiento con mi argumento, pero es la realidad en nuestro país. Sé que muchos de ustedes son exitosos en su profesión u oficio y de verdad, me llena de alegría saber que alguien de mi edad logró una meta, contrajo matrimonio, viajó a Europa o compro su casa. Tampoco es una competencia y sé que quien se lo propone y se esfuerza podrá cumplir lo que se desea aunque le lleve más tiempo y esfuerzo que a otros. No, tampoco me quejo, pues de mi esfuerzo he obtenido frutos y sé que debo ser perseverante para conseguir lo que quiero. 

En conclusión, escribí esto porque en este momento atravieso una pequeña crisis existencial en cuanto a mi profesión, el trabajo y la vida en sí misma. Soy consciente de que hay personas con peores problemas allá afuera (enfermedades, guerras, hambruna) y agradezco la suerte de no encontrarme en tan deplorable situación, pero espero que estas palabras sirvan de aliento para alguien o al menos se sienta comprendido por una desconocida que escribe un blog de madrugada. 

Como dijo alguna vez Sartre: "No perdamos nada de nuestro tiempo, quizá los hubo más bellos, pero este es el nuestro". Nadie tiene la vida perfecta, así que esfuércense cada momento, disfruten incluso los días lluviosos, no se conformen, que el destino, Dios, el universo (o ustedes mismos), lo que sea que crean, les tienen preparado algo extraordinario (Ya sé, soné muy Paulo Coelho. No me juzguen, ¡Jaja!).

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